«Viento del norte», de Elena Quiroga


Por Aitana Mateos Gurrutxaga



Tal como anuncié, la siguiente entrada consistirá en la exposición de una breve reseña sobre la obra Viento del norte (1951), de Elena Quiroga. Un dato ya mencionado, pero recalcable, es que la autora consiguió el Premio Nadal con dicho escrito en 1950, el cual, también supuso un antes y un después en su proyección como literata. A partir de este momento, comenzó su fama y el interés de la crítica por su narrativa.

El libro pertenece a la corriente realista y naturalista decimonónica. Se trata de una novela del pazo. Esta consideración propició el encasillamiento de Quiroga como escritora regionalista o de género. Nos encontramos ante una tragedia rural, en la que las pasiones y la jerarquía social se entrelazan, dando lugar a un profundo drama amoroso e identitario.

Para que entendáis las próximas apreciaciones, realizaré un pequeño resumen de la trama. Marcela, la hija de una de las criadas, es abandonada por su madre y acogida en La Sagreira, según las órdenes del señor Álvaro. Se cría bajo la protección de Ermitas, una anciana sirvienta que, a su vez, realiza las funciones de nodriza. La «rapaza» crece en un hogar rodeado de naturaleza, a la que se encuentra íntimamente ligada. Cuando Marcela ronda los dieciocho años, el señor da rienda suelta a una serie de sentimientos de adoración y lujuria hacia su persona. Las normas establecidas son transgredidas por la boda entre ambos. Pero, este no es el final de la historia, ya que el matrimonio acarreará una serie de complicaciones inesperadas previamente.

El tema principal es la provincia gallega y el enfrentamiento entre dos clases sociales opuestas. Al mismo tiempo, subyacen dos asuntos trascendentales en el desarrollo de la acción y prolíficos en la literatura quiroguiana: las pasiones desenfrenadas y la falta de comunicación. El primero, se plasma, principalmente, en el modo de actuar de Álvaro. Hay una evolución ascendente del apetito carnal hacia un sentimiento romántico. La situación que se proyecta, un hombre mayor enamorado de una adolescente, podría asemejarse a lo sucedido en la obra de Nabokov, Lolita. Aunque, en este caso, parece ser aceptada por el entorno debido a la condición desigual de los individuos, en la que uno ocupa el papel de patrón y el otro pertenece al servicio. El segundo motivo expuesto, sobresale, notablemente, durante el periodo de vida conyugal. Marcela, acostumbrada a la soledad, no expresa sus opiniones y emociones como esposa. El resultado es un ambiente tenso, en el que Álvaro se reprime y opta por seguir la misma línea que ella. De esta forma, el lector conoce las reflexiones de la pareja y se reconcome al ver cómo numerosos conflictos podrían haberse evitado mediante el diálogo. Así, se inicia un juego de intuiciones y sospechas que, rara vez, concuerdan con la verdad.

Otros motivos esbozados son: las leyendas y creencias populares (meigas), la naturaleza gallega (el pazo, los vientos huracanados, la playa, etc., que crean un vínculo entre nuestra escritora y Emilia Pardo Bazán o Valle-Inclán), el mundo de los formalismos, el aislamiento personal, la muerte...

Hay una división clara entre los personajes. Los sirvientes se caracterizan por el miedo, derivado de historias sobrenaturales (por ejemplo, temen a Marcela al descubrir una mancha oscura en su  piel), la envidia, los rencores, la atracción primitiva, etc. Dentro del grupo de los señores, hallamos una mayor variedad. Suelen encarnar la bondad, la unión a la tierra, el conocimiento intelectual; aunque algunos destacan por su tendencia a los amoríos extramatrimoniales (Enrique) y, sobre todo, por la reivindicación de su hegemonía como hombres y dueños. Además, ciertas figuras sufren una evolución física y psicológica patente a lo largo del relato, siendo el caso más visible el de la joven protagonista. Podemos seguir su progreso desde la niñez hasta la juventud y el cambio de actitud con respecto a sus circunstancias; aunque, definitivamente, la manifestación de su nueva postura es tardía y sucede cuando ya no hay solución posible.

La estructura se divide en treinta y tres capítulos, insertados en cuatro partes. A lo largo de su lectura, es posible percibir la riqueza léxica y visual, así como un lenguaje enérgico que focaliza la libertad creativa de la autora. Incorpora al castellano frases y modismos de la lengua gallega: «¡Carrapucheiriña![1]»; «¡Porque inda la Marcela estaba para nacer, cuando tu home marchara![2]».
Personalmente, Viento del norte me ha parecido una novela ágil e interesante. Consigue mantener la atención del lector hasta el mismísimo final. Una de las técnicas que, según mi punto de vista, favorece el interés es la muestra de las cavilaciones de los personajes, únicamente dirigidas al receptor. Sientes rabia e impotencia, pues sabes cómo resolver la problemática existente entre Álvaro y Marcela y ansías el momento en el que sus verdaderos pensamientos se exterioricen.

Previamente a mi lectura individual, ojeé críticas de Eugenio García de Nora y Juan Luis Alborg, que consideraban su estilo como una «antigualla[3]». No puedo estar más en desacuerdo. Mi apreciación de la obra es positiva, pues admiro su manejo de las formas tradicionales y su combinación con técnicas innovadoras. Asimismo, aprecio una denuncia latente de ciertos aspectos culturales, como la situación de la mujer en la época. Por estas razones, os recomiendo el libro y, si os interesa, también es posible compararlo con la adaptación cinematográfica (ficha técnica de Viento del norte). 

Bibliografía
Buergo, José (1964). Las novelas de Elena Quiroga. Texas: Texas Technological College
Galdona Pérez, R. I. (2001). Discurso femenino en la novela española de posguerra: Carmen Laforet, Ana María Matute y Elena Quiroga. Santa Cruz de Tenerife: Filología / 9
Pérez Bernardo, Mª Luisa. (2010). «La novelística de Elena Quiroga (1921-1995)», Los cántabros, 9, pp. 73-79
Quiroga, Elena (2001). Viento del norte. España, El Mundo



[1] Quiroga (2001): p. 39
[2] Quiroga (2001): p. 46
[3] Alborg, J. L. (1958), pp. 198-199

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