NATURALEZA Y SENTIMIENTO EN EL RÍO, DE ANA MARÍA MATUTE
NATURALEZA Y
SENTIMIENTO EN EL RÍO, DE ANA MARÍA
MATUTE
No hay mejor canal que las propias
palabras de Ana María Matute para entender su sensibilidad literaria. Por eso,
en esta publicación voy a compartir con vosotros algunos de los pasajes que más
me han emocionado. Lo cierto es que cada página de El río es de una gran calidad estética y, quizá, haya sido esto uno
de los motivos que me han hecho disfrutar tanto su lectura. Como decía, la
autora cuida su prosa e imprime cada sintagma de una fuerza connotativa que
convierte el texto en pura poesía. Es asombroso cómo detrás de un lenguaje tan
armónico puede esconderse un mensaje tan cruel pues, no debemos olvidar, que El río no relata ni más ni menos que la
dureza y el agrio costumbrismo de un pueblo en la posguerra.
Para seguir un orden, voy a
establecer tres núcleos temáticos (naturaleza, costumbres y crueldad) muy
recurrentes en la obra y, a partir de cada uno, voy a escoger algunos
fragmentos representativos.
En primer lugar, presentaré el
motivo de la naturaleza que tanto apasionó a Ana María Matute. Espero que
sintáis en las descripciones la cercanía de nuestra tierra y percibáis cómo, a
través de la magia del lenguaje, convierte la campiña en confidente de
emociones.
Así relata nuestra autora la época
en la que Mansilla quedó sepultada bajo el pantano:
«Fue en Semana Santa, con una
insultante primavera en los campos invadidos de la rosa salvaje del escambrujo,
de la flor blanca de la endrina, del rojo violento de los arzadús y amapolas;
con la ladera de Las Viñas cubierta de violetas, como una espesa y embriagadora
alfombra»[1].
En este breve fragmento, Ana María
Matute equipara la soledad del mendigo, humillado y despreciado por los
habitantes del pueblo, con el brotar tranquilo de las aguas o el piar de los
pájaros, elementos de la naturaleza que, sin duda, calman el espíritu del más
débil y son sublimes frente a la perversión de los humanos:
«Ese es el peor trance de los
mendigos. Cuando llega la hora de pagar el precio de la soledad, del murmullo
del agua, del piar destemplado de los pájaros en el rojo y oro de la amanecida»[2].
En
este caso, la autora se refugia en el paisaje para reflexionar y le confiesa
sus zozobras. Como comentaba, la naturaleza se convierte en guardián de sus
secretos:
«Miré los famosos canchales, el
campo aterido, las costumbres suntuosas y adustas, el cielo, como una vela
hinchada. En los rojos resplandores, pensé, con un escalofrío: “¿Y si fuese
yo?”»[3].
Este pasaje relata la
complicidad que el niño pastor (un muchacho del pueblo distinto a los demás)
tiene con la naturaleza, único lugar donde parece encontrar sosiego y paz.
Lejos de participar en los juegos y en las reuniones de los muchachos del
pueblo, el niño pastor se dedicaba a la contemplación, abstraído y embebido por
la magia del paisaje:
«A veces, levanta la cabeza y
escucha algo. Algo que es el viento, el rumor de las hojas, o un eco de voces
que solo él entiende. Un eco que va y viene, entre los troncos de las hayas, en
el río del barranco, en los gritos de esos pájaros sin nombre que vuelan
oscuramente sobre su cabeza de muchacho cuando el cielo empieza a dorarse. Algo
como una antigua y misteriosa conversación que hubiera entablado a solas con la
naturaleza, y no quisiera ver interrumpida por otras voces, otras palabras que
no le interesan, ni le descubren, todavía, un mundo mejor»[4].
De
nuevo, nuestra autora emplea un elemento natural, la niebla, para expresar un
estado. La llegada de la niebla en otoño invitaba a los niños a la soledad. Es
curioso cómo en estos breves fragmentos, se presenta una realidad que incluso
hoy día podemos sentir. Uno piensa en el invierno en los pueblos de la rioja,
en esa niebla que abriga las calles y apenas nos deja imaginar su trazo y, en
seguida, recurre a la soledad. Porque la niebla es sinónimo de melancolía. En
noviembre buscamos el refugio en nosotros mismos y albergamos, solos, que
llegue diciembre y, con él, el calor hogareño de la Navidad en familia.
«La lluvia era hermosa por lo
general. También la tempestad, y el viento. Solo la niebla nos sumía en un
especial estado de ánimo: no sabíamos si nos gustaba o nos atemorizaba. […]
Efectivamente, la niebla llegaba. Se aproximaba el tiempo de nuestra partida, y
había en nosotros una zozobra melancólica que, en la niñez, se traduce en
hurañía y deseos de soledad»[5].
La última parte elegida hace alusión
a la “maraubina”, una planta venenosa que Ana María Matute también incluye en Olvidado Rey Gudú y a la que concede
casi una carga mágica y legendaria:
«La flor de la “maraubina” era una
hermosa y siniestra flor de color blanco, venenosa al decir de los pastores, y
tenía las puntas de los pétalos teñidos de escarlata, como dedos mojados en
sangre»[6].
El segundo núcleo temático que voy a
tratar es el costumbrismo. A lo largo de la narración, encontramos continuas
referencias a los modos de vida de las gentes del pueblo. En efecto, este libro
es una amalgama de relatos rurales que testifican el paso del tiempo. Nos
acercamos, desde los recuerdos de la niña que fue, a las impresiones que
produjeron en ella los hábitos, las manías y las tradiciones de la gente de Mansilla.
Este fragmento es un
testimonio literario maravilloso en el que la autora expresa metafóricamente
esa nostalgia que le provoca el contemplar de nuevo el pueblo que un día quedo
sepultado. La infancia es un esqueleto, una etapa muerta que recordamos con
emoción, de la que recuperamos momentos fugaces que nos hicieron felices, pero
que ya no volverán. Y en ese esqueleto metafórico, podemos ver también, los
horrores de la guerra, el dolor de la contienda que enterró vidas inocentes al
igual que el agua devoró Mansilla:
«Allí abajo estaba el cadáver,
ciertamente. Apareció entero, con plazuelas y soportales, huertecillas, muros
de piedras, y aquellos terribles árboles ahogados, que no hubo tiempo de talar.
Aquel era el viejo tiempo de mi infancia, roído, como un esqueleto. Casi nada
faltaba, excepto la vida. […] La torre de la iglesia seguía en pie, roja y en
lo alto se mantenía intacto el nido de la cigüeña: lo único que el agua no
llegó a cubrir»[7].
He escogido estas breves líneas
porque esa ignorancia de los habitantes del pueblo hacia el mar supone un choque
para la autora. Ana María Matute, una niña catalana que creció en el
Mediterráneo, se sorprende cuando los niños riojanos le cuentan que nunca han
visto el mar y admira cómo, aunque lejanos desconocedores de la playa, idean
juegos asilvestrados pero divertidos en torno a su río. Al fin y al cabo, el
ambiente en el que crecemos determina nuestro carácter y aquí podemos apreciar
esa sorpresa cultural entre la niña de mar y los muchachos del arroyo. Igualmente,
nos hacemos una idea de la dificultad que suponía para una familia rural de la
época desplazarse a la playa o irse de vacaciones, lujo solo al alcance de los
más acomodados.
«Casi ningún habitante de
Mansilla vio el mar. […] Ahora, algo parecido al mar llegó hasta ellos, el
pantano»[8].
A continuación, la autora rememora
la llegada de los alambradores al pueblo, otra prueba de las costumbres de
épocas pasadas. El oficio del alambrador se desarrollaba en ámbitos rurales y
su labor consistía en cercar los terrenos con vallas de alambre para impedir el
paso. En este caso, es interesante ver la descripción que hace de ellos: ante
sus ojos de niña, los alumbradores parecen un clan, un grupo ambulante que le
sorprende e intriga.
«Venían por la carretera o por el
camino alto, con carro, perros y niños, como los gitanos o los titiriteros.
Pero no eran ni lo uno, ni lo otro. Aunque de las dos cosas les quedaba algo: el
color negro y centelleante de los ojos, el sentido de pantomima que daban sus
gestos, palabras y actos. Eran los alambradores»[9].
En este momento, se nos presentan
unas líneas formidables en las que se confirma el carácter tradicional que
marcaba la vida de posguerra. Los habitantes del pueblo conciben la vida como
algo cíclico, condicionado por tres factores clave: el nacimiento, el
matrimonio y la muerte que, además, acaban institucionalizando según los
patrones de la religión cristiana. Esto muestra el influjo de la iglesia en la
vida de posguerra y, más aún, en el espacio rural.
«Para la gente del campo hay, fundamentalmente,
tres grandes ocasiones: el nacimiento, el matrimonio, la muerte. […] únicos
acontecimientos de la vida en la montaña: bautizo, boda, entierro»[10].
De nuevo, encontramos en este
fragmento el choque entre la niña de ciudad y los muchachos del pueblo. Este
capítulo es, a mi parecer, muy ameno y distendido ya que Ana María Matute
recupera un tono amable para contar cómo hacían los disfraces en el pueblo y,
además, percibimos su admiración al ver la capacidad de los muchachos por
recurrir a la materia prima que la naturaleza les ofrecía para hacer propios
sus vestidos.
«Aunque sus disfraces son muy
distintos a los de los niños de la ciudad. Los niños del campo se pintan las
caras con jugo de moras, se ponen plumas de águila, gallina, o randrajo en los
cabellos; y, sobre todo, disfrazan la voz»[11].
El último párrafo que
he elegido como señal del carácter costumbrista y testimonial que imprime las
páginas de El Río es el relativo a la tarea de amasar. Esta vez, la autora nos
acerca a una dimensión totalmente real y nos hace ver que eran las mujeres y
solo las mujeres las que ejercían esa labor. Por lo tanto, de nuevo asistimos a
una sociedad sexualmente dividida, donde la casa y las tareas culinarias
pertenecían a la mujer y la caza, la taberna y el juego, al hombre.
«Las muchachas, que empezaban a
amasar a los catorce años, lo hacían ya toda la vida, mientras se tuvieran
sobre sus piernas. Durante todo el día amasaban y cocían el pan del que se
abastecía el pueblo entero»[12].
El tercer y último bloque temático
que voy a tratar es el de la crueldad ligada a la infancia. Este es uno de los
motivos que más inspiraron la literatura de Ana María Matute: «los niños y adolescentes
protagonistas de la literatura del siglo XX cambian su imagen mitificada de
inocencia y pureza, y revelan el interior oscuro y malvado que se encuentra en
la naturaleza humana. En esta parte, tenemos como objetivo otro aspecto
demonaíco observado en los protagonistas infantiles matutianos, como es la
manifestación de la crueldad»[13].
En muchas ocasiones, la autora
utiliza el maltrato animal como forma estética para describir esa crueldad. De
hecho, a lo largo de El Río, encontramos varios capítulos alusivos
a la rabia y la ferocidad con que los niños agredían a los animales y
disfrutaban de su muerte:
«Pero los muchachos del pueblo no
quieren a Moro (perro). En varias ocasiones llegó a nuestra puerta herido por
pedradas, por palos»[14].
«Los niños asesinan pájaros,
ahorcan perros, aplastan sapos, martirizan saltamontes y murciélagos, por una
sola razón: palpar, contemplar, crear la muerte»[15].
«Los muchachos tenían un
murciélago suspendido del extremo de las alas, abierto como un abanico. Eran un
grupo de seis o más, y los seguí, fascinada. Crucificaron al murciélago, y lo
torturaron. Con un cigarro encendido, le obligaron a fumar, le quemaban y le
insultaban, con gran odio. Decían: ¡Toma, maldito Satanás!»[16].
No obstante, esa brutalidad, a
veces, se da incluso entre los propios humanos. En este caso, la víctima es un
mendigo, tipo marginado desde los tiempos más ancestrales de la humanidad:
«No hace mucho, en un pueblo
llano, los mozos mantearon a un mendigo, que se estrelló contra el suelo.
Apenas hace unos meses, otros muchachos atraparon a un mendigo y le rociaron el
cabello con petróleo para prendérselo»[17].
Para terminar, rescato un pasaje que
revela uno de los temas más evocados por nuestra autora: las luchas fratricidas,
ya recogidas en su primer libro Caín y
Abel. Como no podía ser de otra manera, Ana María Matute introduce un
capítulo en el que cuenta cómo la relación de dos hermanos gemelos se va
deteriorando fruto de la codicia y la envidia hasta dar como desenlace el
asesinato de uno a manos del otro:
«Cuando yo era muy niña, conocía
dos hermanos llamados Efrén y Marcial. […] Los primos encontraron a Marcial
apuñalado. Cuando apresaron a Efrén, no había llegado a la ribera. Dicen que
llevaba colgada su guitarra al hombro, y que no dejó de cantar ni de reír en
todo el camino, mientras le conducían»[18].
Claudia Cerrajería Jiménez
BIBLIGRAFÍA:
Matute,
A. M. (1997). El río. Barcelona:
Plaza & Janes, S. AP
Xiaojie,
C. (2012). La infancia en la obra de Ana María Matute (tesis doctoral).
Universidad de Salamanca, Salamanca
[1] Matute,
A. M. (1997). El río. Barcelona:
Plaza & Janes, S. AP, pp. 15-16
[2] Matute,
A. M. (1997), p. 33
[3] Matute,
A. M. (1997), p. 41
[4] Matute,
A. M. (1997), p. 71
[5] Matute,
A. M. (1997), pp. 127-128
[6] Matute,
A. M. (1997), pp. 177-178
[7] Matute,
A. M. (1997), pp. 16-17
[8] Matute,
A. M. (1997), p. 23
[9] Matute,
A. M. (1997), p. 51
[10]
Matute, A. M. (1997), p. 55
[11]
Matute, A. M. (1997), p. 59
[12]
Matute, A. M. (1997), p. 91
[13]
Xiaojie, C. (2012). La infancia en la
obra de Ana María Matute (tesis doctoral). Universidad de Salamanca,
Salamanca, pp. 186-187
[14] Matute,
A. M. (1997), p. 19
[15] Matute,
A. M. (1997), p. 40
[16] Matute,
A. M. (1997), p. 112
[17] Matute,
A. M. (1997), p. 118
[18] Matute,
A. M. (1997), p. 121
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