Elena Quiroga y la libertad creadora
Por Aitana Mateos Gurrutxaga

Como
ya advertí en la conclusión de mi entrada anterior, este artículo versará sobre
la producción literaria de Elena Quiroga, contenida, principalmente, entre los
años cincuenta y sesenta del siglo XX.
El
realismo histórico se establece como corriente en la década de los cincuenta,
coincidiendo con el inició de publicación de la autora. Se trata de una nueva
forma de realismo, que añade aspectos de los que se nutren los escritores
contemporáneos. Dicho realismo social refleja una serie de características
comunes: la unificación del lirismo y la objetividad, la primacía de los
problemas del individuo dentro de las circunstancias sociales y políticas del
momento, un lenguaje carente de ornamentos y un estilo narrativo sobrio. Aunque
Quiroga efectúa una denuncia contra la sociedad, parece que este no era su
objetivo primordial, simplemente plasmaba sus sentimientos con respecto al
entorno. Por ejemplo, expuso la falta de formación de la mujer española.
Los
temas centrales de sus obras son: la soledad, la problemática de las relaciones
personales y el paso del tiempo. Así mismo, es perceptible su preocupación por la
ausencia de diálogo en las relaciones humanas y el interés por la psicología de
los sujetos. Su obra contiene una gran carga intimista, pues pretende dar con
una expresión propia[1];
así, los asuntos y motivos con los que trabaja nacen de sus experiencias
vitales.
Construye
a sus personajes desde la crudeza y el pesimismo vital que ella sintió. Sobre
todo, destaca la gran cantidad de figuras femeninas presentes en sus novelas
(únicamente existen dos escritos con protagonista masculino). En muchas
ocasiones, la acción se inicia a partir de los sentimientos de abandono de
niñas huérfanas. También es posible apreciar la cuidada elaboración ficcional
de las mujeres frente a los hombres y su faceta de víctimas en un mundo
patriarcal. Estos casos, por un lado, representan a la perfección la tristeza y
vació que impregnaron su niñez y, por otro, ponen en tela de juicio el tipo de
educación, desarrollo y la problemática sobre la libertad femenina de la época.
Además, dichos sujetos suelen hallarse desorientados, pretenden encontrarse a
sí mismos mediante la rememoración de hechos pasados, alucinaciones o por el
reflejo de su mundo interior en el ambiente externo. De esto modo, encontramos
gran variedad de visiones y estados de conciencia, modificación de nombres,
monólogos reflexivos individuales, trastornos de desdoblamiento de la
personalidad, incoherencias espaciales[2],
etc. Podemos decir que los personajes prevalecen en su literatura, en la que la
trama gira entorno a estos elementos principales.
Su
narrativa destaca por el equilibrio en la cohesión de técnicas tradicionales y
contemporáneas. Se adelantó a su tiempo en el uso de recursos innovadores, como
los mencionados previamente en cuanto a la creación de personajes. En este
aspecto, la mayor parte de su producción pertenece a la novela experimental y
es influida por autores como James Joyce, William Faulkner y John Dos Passos. Podemos
resaltar, por ejemplo, la presencia simultánea de dos niveles de narración, el flashback, la reiteración de sucesos,
los distintos narradores, las descripciones escuetas[3],
etc. Otro rasgo importante es la viveza de su lenguaje, en el que, siempre fiel
a su patria, incluyó abundantes modismos gallegos.
Su
primer escrito, Soledad sonora
(1949), patrocinado por la Diputación Provincial de La Coruña, tuvo una
repercusión mínima. Versa sobre la soledad y sigue la evolución de una joven
desde su infancia hasta su conversión en mujer. El reconocimiento llegó con su
segunda novela, Viento del norte (1951),
con la que gano el Premio Nadal. Se trata de un drama amoroso entre señores y
criados, con Álvaro y Marcela como protagonistas. Los entendidos vieron cierta
conexión con Emilia Pardo Bazán, por la presencia de Galicia como escenario y
por los rasgos del realismo tradicional del siglo XIX. En La sangre (1952), se cuenta la historia de una familia que con «la
sangre» transmite la pasión y las desgracias a lo largo del tiempo. Una
peculiaridad del relato es el narrador, el castaño del hogar, que actúa
simplemente como testigo de la acción. Además, esta obra se ha considerado como
un precedente del realismo mágico. Algo
pasa en la calle (1954) es un antecedente de la posterior obra de Miguel
Delibes, Cinco horas con Mario.
Esperanza recuerda junto al cadáver de Ventura la vida que pasó con él,
expresándose a través del monólogo interior. En 1955, publicó La careta, donde critica los valores
morales de una sociedad a partir de Moisés, quien perdió a sus padres cuando
era un niño, durante la Guerra Civil. Ese mismo año, aparece La enferma, en el que relata la llegada
de Liberata a un pueblo solitario de pescadores. La narradora conoce a la
muchacha por lo que otros dicen sobre ella y termina descubriendo que la
existencia de la joven es la suya propia. Hay que resaltar la acertada
descripción del paisaje y la técnica del espejo. Tras esto, lanzó Plácida la joven y otras narraciones
(1956) y La última corrida (1958),
donde describe a tres toreros marcados por la diferencia de edad. Con Tristura (1969) consiguió el Premio de
la Crítica. Después, confeccionó Carta a
Cadaqués (1961) y Envío a Faramello
(1963). En Escribo tu nombre (1965),
se trata la descorazonadora niñez de Tadea, fijando un claro vínculo con la de
la escritora, y se denuncian las formulas conductuales establecidas por la
sociedad y la religión. Con este relato fue propuesta para representar a España
en la primera edición del Premio Internacional Rómulo Gallegos (1967). Además,
se describe con excelencia el paisaje de Santander. Su penúltima novela fue Presente profundo (1973), basada en la
muerte de dos mujeres, Blanca y Daría. Finalmente, tras un parón productivo,
culminó su carrera literaria con Grandes
soledades (1983). Al margen de su línea novelística, se incluyó su relato Trayecto uno (1953) en la colección La novela del sábado (al ser una narración breve, he pensado que os podría parecer interesante leer el escrito. Podéis coger prestado el siguiente libro, en el que se incluye: Trayecto uno).
Por
parte de la crítica, recibió tanto elogios como descalificaciones. Muchos la
tacharon de «decimonónica» por sus primeras narraciones. Sin embargo, más
tarde, Juan Luis Alborg afirmó sobre su obra: « [...] revela una valiente
sinceridad que dista tanto de la gazmoñería como de la petulante y artificiosa
audacia con que no pocas escritoras gustan de enmascararse[4]».
No obstante, para Arturo Torres Rioseco, la gallega recoge todas las
propiedades de la escuela romántica, pero: « [...] trata desesperadamente de
ser escritora moderna[5]».
Si bien, es cierto que contó con una notable proyección internacional, pues sus
libros fueron traducidos al francés,
inglés, italiano, finlandés, alemán y ruso.
Por
lo tanto, hemos podido apreciar cómo los métodos y motivos que Elena Quiroga
utiliza en sus creaciones literarias no dejan indiferente a nadie. La
profundidad personal junto con las novedades técnicas, hacen de la autora una
figura clave para la evolución de la narrativa en nuestro país. Pero, para
entender de forma efectiva estas trazas teóricas, debemos ver su aplicación
práctica. Así pues, en mi siguiente artículo analizaremos una de sus obras
detonantes: Viento del norte.
Bibliografía
Buergo, José (1964). Las novelas de Elena Quiroga. Texas:
Texas Technological College
Galdona Pérez, R. I. (2001). Discurso femenino en la novela española de
posguerra: Carmen Laforet, Ana María Matute y Elena Quiroga. Santa Cruz de
Tenerife: Filología / 9
Pérez Bernardo, Mª Luisa. (2010). «La
novelística de Elena Quiroga (1921-1995)», Los
cántabros, 9, pp. 73-79
Pleitez, T., Lobato, E., Infantes, R.,
Ortí, P. y Méndez, S. (2004). La vida
escrita por las mujeres, II. Contando estrellas. Siglo XX. 1920-1960. Ed.
Anna Caballé. Barcelona: Lumen
[1]
Galdona Pérez, R. I.
(2001), p. 107
[2]
Pérez Bernardo, M. L.
(2010), p. 27
[3]
Pérez Bernardo, M. L. (2010),
p. 27
[4]
Alborg, J. L. (1958), pp.
198-199
[5]
Torres Rioseco, A. (1965),
p. 422
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