EL DIARIO DE CARLOTA O'NEILL, UNA MUJER EN LA GUERRA DE ESPAÑA


“Virgilio tuvo una feliz ocurrencia de hombre enamorado”, así comienza Una mujer en la guerra de España, la primera parte de la historia de Carlota O’Neill sobre la guerra y las repercusiones que esta tuvo sobre ella. En esta parte de su historia, nos narra su vida desde su llegada a Melilla hasta que la abandona cinco años de prisión más tarde. Tras el éxito que la obra tuvo entre los estudiosos e historiadores, Carlota se lanzó a escribir la segunda parte de su vida: Los muertos también hablan, donde nos muestra la travesía que tuvo que vivir tras la cárcel y la necesidad de exiliarse y escapar de aquel país que ya no se mostraba como un hogar, sino como un medio hostil. Además, la edición que he manejado contiene también las Romanzas de las rejas, que son algunas composiciones en prosa poética sobre las preocupaciones, penas y sentimientos de Carlota en esos cinco años encerrada, similar al Romancero de ausencias de Miguel Hernández.

En esta entrada nos centraremos solo en Una mujer en la guerra de España, aunque mi recomendación sea que se lean las tres partes de la edición que nos hace llegar Oberon, porque constituye un gran testimonio no solo histórico de lo que muchos republicanos vivieron durante y después de la guerra, sino que es un testimonio femenino y sabemos lo mucho que cuesta hacerse con uno de esos.

Una mujer en la guerra de España es una autobiografía contada a alguien, una confesión que comienza con un prólogo clásico, muy al estilo de Gonzalo de Berceo, una captatio benebolentiae, donde Carlota nos habla directamente, como si fuéramos unos amigos que hubiera invitado a su casa a tomar un café y contarnos batallitas de su vida de joven. Este diálogo directo con el lector lo repetirá durante toda la novela, pues no quiere que nos quedemos indiferentes ante lo que leemos, quiere que asistamos a su vivencia y su sufrimiento, que lo hagamos propio y la entendamos. Quiere que veamos el mundo a través de sus ojos. Esto lo consigue mediante un lenguaje sencillo, claro, concreto y lleno de emotividad, propio de los diarios –como el de Anna Frank–, donde casi podemos escuchar la voz de la autora contándonoslo todo.

Es una historia que sigue un desarrollo lineal en cuanto al tiempo, pero en la que se nos adelantan hechos del futuro, pues muchas de las historias que nos cuenta Carlota de sus compañeras de celda las acaba in situ, todo esto narrado en pasado porque es la Carlota libre, la que se encuentra muy lejos de España la que nos lo narra. Además, encontramos muchas reflexiones y esperanzas, pues, aunque la recompone en México, da esa perspectiva de quien nada sabe, la misma que tenía durante aquella época. Es una constante premonición e inocencia, una justificación ante sus actos y pensamientos. Puede que incluso ante su propia vida y la de su marido Virgilio, al que siempre tiene presente y por el que el dolor nunca desaparece.

Leyéndola nos damos cuenta de muchas cosas que ya comentaron las mujeres del documental Presas de Franco, ya que las historias, aunque individuales, son paralelas, pues la brutalidad y la barbarie era lo que reinaba entre los militares falangistas, que se sentían dueños y señores de España y de las mujeres que en su territorio había. Nos cuenta, particularmente, cómo ella era tratada como una presa “vip” porque los generales falangistas creían que sabía algo que ellos necesitaban, unas claves de su marido, el General Leret, por lo que no era torturada, solo preguntada con insistencia, al menos al principio, la cosa no fue tan sencilla una vez la guerra hubo acabado. Por otra parte, nos deja ver también, como ya he comentado antes, las historias de otras mujeres que sufrieron esas tropelías que se cometían con orgullo por el bando que, finalmente, ganó la guerra, como el asalto de los militares a la prisión para fusilar a varias de las mujeres, tras su violación, tras la toma de Toledo por el general Franco, o la ejecución de Carmen González por ser secretaria de las juventudes socialistas.

Como lo que narra Carlota en estas páginas es mayoritariamente lo que se cuenta en su biografía, me gustaría destacar el profundo amor que sentía y demostraba por su marido y por sus hijas. Sus constantes pensamientos durante su estancia en la cárcel estaban con ellos y sus mayores momentos de dolor e incluso locura, de querer abandonarse a la muerte, se producen cuando se entera de que su marido ha sido asesinado y cuando le dicen que su suegro se va a llevar a sus hijas a la península para arrebatarle la patria potestad. Son los momentos críticos de Carlota, cuando siente que lo ha perdido todo y alberga odio no solo por los sublevados, sino por todo el país del que se considera desligada y por lo que obtiene la nacionalidad mexicana.

Una mujer en la guerra de España es, sin lugar a dudas, un testimonio terrorífico e históricamente necesario para completar los huecos que la historia de España nos deja sobre la guerra. En este caso, la voz proviene de una mujer. Una voz en primera persona. Una voz que nos confiesa, como para exorcizar sus propios demonios, qué le sucedió a ella y a muchas mujeres que vivían en Melilla durante la Guerra Civil. Todas esas mujeres no son documentadas a posteriori, sino que compartieron celda con esa voz que quiere romper el silencio sobre la situación de las presas republicanas, sobre la injusticia de ser doblemente juzgadas y condenadas: por ser mujeres y por ser “rojas”. Es una historia de valor incalculable, no solo por lo que cuenta, sino también por cómo lo cuenta. Su estética sencilla, pero emotiva encierra la clave para contar historias dolorosas, pues no está narrada desde el rencor, ni desde el juicio, sino desde la crónica, la vivencia y el sentimiento.

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