Conclusiones: Elena Quiroga, una escritora olvidada
Por Aitana Mateos Gurrutxaga
A
lo largo de los anteriores artículos hemos podido conocer un poco mejor a Elena
Quiroga, una de las escritoras de posguerra que menor resonancia ha tenido en
la actualidad, en comparación con otras también estudiadas en el blog, como Ana
María Matute o Carmen Laforet. Pero, tras confirmar su habilidad creativa y el
discurso social latente en sus obras, cuyo centro entronca con la
reivindicación de sus ideas sobre la feminidad, se hace comprensible la
necesidad de alzar su voz y valorar sus aportaciones. Pero, ¿cuál es la razón
por la que no se la ha estimado tanto como merece?
Aunque
no hay una respuesta específica para este caso, podemos inferir varias causas
partiendo del panorama general de la mujer en el mundo de las letras. Desde la
antigüedad, el género femenino ha participado en la redacción literaria, claro
ejemplo es el de Safo de Lesbos. Sin embargo, ha sido recientemente cuando sus
aportaciones han salido a la luz o se han ensalzado de forma adecuada.
Encontramos un amplio abanico de motivos para dicha relegación, entre otros se
hallaría el anonimato o el uso de pseudónimos como solución para la censura, la
oficialidad autoral del hombre en colaboraciones junto a mujeres (María de la O
Lejárraga) y la falta de reconocimiento de escritos femeninos en su periodo de
lanzamiento, debido al adiestramiento social en cuanto al lugar de inferioridad
del sexo considerado “débil”. Dichas tapaderas se convirtieron en el único
medio de publicación para muchas. Por otro lado, es cierto que la falta de
formación académica y el tipo de educación que recibieron nos privaron de
potenciales autoras, pues, mayormente, quienes pertenecían a las clases
sociales más altas eran las que tenían acceso a los distintos saberes, pudiendo
desarrollar su inquietud literaria. Por ello, me gustaría considerar en esta
última sección el tratamiento de la educación femenina que realiza Elena
Quiroga en su novelística, ya que es una problemática primordial tanto para
nuestra escritora como para muchas otras de la generación de posguerra.
Durante
el franquismo la instrucción que recibían niños y niñas tomaba vertientes
dispares en las escuelas y en el entorno familiar. Ellas sufrieron numerosas
limitaciones en su evolución personal y en el aprendizaje. Las literatas de los
años cuarenta y cincuenta reflejaron la realidad de un periodo repleto de
imposiciones, sufrido en sus propias carnes. Así, muchas optaron por transmitirlo
de una forma íntima y sincera, pues, al fin y al cabo, hablaban a partir de sus
experiencias. Las novelas referentes al tema mencionado recibieron el nombre de
Bildungsromane o novelas de
formación.
Esta
es la línea que decidió seguir Quiroga a lo largo de su producción, mostrando a
múltiples protagonistas femeninas y su progreso hacia la edad adulta en un
cosmos con normas preestablecidas. A continuación, analizaremos varios aspectos
del adoctrinamiento que recibían.
En
1934, se instaura una organización paralela al servicio militar masculino: la
Sección Femenina. Bajo el mando de Pilar Primo de Rivera, este órgano se
mantuvo vigente durante cuarenta años, formando a las jóvenes en una serie de
valores tradicionales de corte católico. Se les enseñaba el comportamiento que
debían seguir, sometiéndose al hombre y actuando según unas rígidas pautas de
conducta.
En
la narrativa quiroguiana se identifica la religión con la «oscuridad,
sacrificios y dolores[1]».
Uno de los métodos que empleaban para dicho fin era la repetición constante de
oraciones. El espejo aparece como símbolo de lo contrario y, por lo tanto,
adquiere un matiz de peligrosidad; ya lo avisó Simone de Beauvoir, indicando
que este objeto ayudaba a la afirmación de la identidad de la mujer[2] y
servía de desdoblamiento[3].
Por ello, en obras como Tristura o La soledad sonora no se permite el uso
de dicha herramienta y se vincula con el diablo, lo que nos señala otro de los
pasos a seguir en el adiestramiento femenino, la imposición de reglas intimidatorias.
Podemos verlo en el discurso que la tía Concha dirige a Tadea:
Estás haciendo llorar
a la Virgen. [...] A nadie le importa lo que piensas. [...] Tú serás
responsable si le pasa algo a la abuela. Cristo ha muerto por ti. Mírale bien
la sangre, las llagas, la herida del costado, la corona, tú se los estás
haciendo a cada instante[4].
Es
palpable el proceso de anulación personal que sufrían las muchachas, no tenían
derecho a preguntar, opinar o comprender, su papel, simplemente, consistía en
acatar órdenes y mantenerse en silencio, sobre todo, en lo referente a la
religión.
La
literatura de aquella época también seguía patrones sexistas, siendo los tebeos
lecturas dirigidas a hombres y la novela rosa a las mujeres. Por ejemplo, la
revista Chicas recogía consejos para
lograr ser una «buena señorita», según el canon de virtudes imperante; así,
ofrecía guías de higiene, modales, cocina, tareas del hogar y textos
sensibleros idílicos. El objetivo de esta especie de manuales era, realmente,
la felicidad del género masculino. Este hecho se visualiza en La última corrida, en la cual, los
varones representan cualidades machistas, mientras que las mujeres viven por y
para ellos, quedando anuladas como seres individuales.
Dentro
de las cualidades estrictamente femeninas, las principales eran la moderación y
la modestia[1].
Incluso existían instrucciones para enseñar a andar de una forma conveniente.
En La soledad sonora se explican de
manera efectiva las reglas que erradicaban la libertad de expresión de las
mujeres:
Demostrar las propias
emociones, sentir el entusiasmo de las ideas, ser vehemente y espontáneo,
tampoco era de “buen tono”. Una muchacha que se respeta debía atrincherarse
tras un muro de distinguida diferencia, no se deja arrastrar por nada ni por
nadie: hacían concesiones al corazón. [...] No se permitían debilidades ni
locuras. El exceso de imaginación era una vulgaridad, y dejarse llevar por
fantasía y el anhelo de libertad una forma de histerismo[2].
Además,
el juntarse con el sexo opuesto, al menos en las etapas previas a la búsqueda
de marido, tampoco estaba bien visto. Este desarrollo separado aumentaba las
diferencias entre géneros. Por ejemplo, en cuanto al matrimonio, se esperaba
que el hombre ya tuviera experiencia sexual previa, de hecho, se recomendaba a
las jóvenes elegir a alguien así, mientras que este comportamiento hubiera sido
una vergüenza para ellas, quienes debían llegar vírgenes al enlace, reflejando
la pureza y el pudor impuestos. La mujer aspiraba a convertirse en esposa, por
encima de todo. Así, aparecieron revistas que enseñaban cómo “pescar” a un
chico para transformarlo en marido.
Otro
gusto, también forzado, es el prototipo masculino perfecto desde la mirada de
las jóvenes. Tendían a fijarse en las facultades consideradas viriles, como la
valentía, dureza, el liderazgo... Por eso, en la obra analizada, Viento del norte, las mujeres no toman
en serio a Álvaro e incluso se ríen de él, perdiéndole el respeto que
merecería. Este personaje es pausado, sensible y pasivo, cualidades que le
dirigen a ser catalogado como un «hombre a medias[3]».
La
maternidad se situaba como el próximo objetivo tras la boda. La creencia
religiosa ayudó en sobremanera a implantar este deseo en la mente del colectivo
femenino, haciéndoles creer que la procreación era una obligación, no una
elección. La soltería no estaba bien considerada, y era motivo de vergüenza y
desgracia para quien la padecía llegada a una cierta edad.
Concluyendo
la serie de artículos sobre Elena Quiroga, puedo decir que, aunque su
relevancia y contribuciones son indudables, no ha sido una tarea fácil la
recopilación de información sobre la autora. Es verdad que numerosos entendidos
la sitúan al nivel de Carmen Laforet y Ana María Matute, pues su forma de
narrar, su temática y su periodo literario activo coinciden con el de las
nombradas escritoras. No obstante, la escasez de fuentes escritas dirigidas
plenamente o en profundidad al estudio de la literata gallega, me ha llevado a
percatarme de la labor analítica, todavía incipiente, sobre esta figura y
muchas otras (os invito a ver el vídeo: Día de las escritoras: los datos de la brecha de género en la literatura). Como ya he
mencionado, es ahora cuando se está tomando conciencia sobre la importancia de
rescatar a estas intelectuales olvidadas (claro ejemplo son las entradas de
abundantes webs sobre narrativa de posguerra, en las que los nombres masculinos
proliferan, mientras que los femeninos se encuentran en periodo de inserción). Así
pues, me gustaría animaros a descubrir la vertiente literaria femenina, tanto de esta como de otras épocas, de España
y de otros países, y de distintas culturas. También, considero fundamental el
conocimiento del marco contextual que envolvió a la escritora y sus vivencias
personales. Os recomiendo el siguiente manual, que recoge a un gran número de
mujeres dedicadas a la narrativa: La vida escrita por las mujeres, II. Contando estrellas. Siglo XX. 1920-1960.
Por
último, cito a Marjorie Agosín en Silencio
e imaginación, donde reivindica el valor de las creaciones femeninas:
«Escribo no para justificar que hemos escrito sino para indicar qué bien hemos
escrito y sobrevivido a las garras de la indiferencia y del olvido[4]».
Bibliografía
Galdona Pérez, R. I. (2001). Discurso femenino en la novela española de
posguerra: Carmen Laforet, Ana María Matute y Elena Quiroga. Santa Cruz de
Tenerife: Filología / 9
Zovko, Maja. (2010). «Educación femenina
y masculina a través de la narrativa de Elena Quiroga», Itinerarios, 12, pp. 223-236
[1]
Zovko (2010): p. 232
[2]
Quiroga (1949): pp. 21-22
[3]
Zovko (2010): p. 234
[4]
Galdona Pérez (2001): p. 29
[1]
Zovko (2010): p. 226
[2]
Beauvoir (2001): pp. 14-15
[3]
Beauvoir (2001): p. 437
[4]
Quiroga (1984): p. 24


Comentarios
Publicar un comentario