Elena Quiroga, la conclusión del silencio femenino
Por Aitana Mateos Gurrutxaga
Elena
Quiroga formó parte de una generación de escritoras que marcaron la literatura
del siglo XX y realizaron aportaciones imprescindibles para la conformación de
la narrativa posterior. Aunque los siguientes artículos girarán en torno a su
labor como novelista, veo necesario establecer un marco contextual y
biográfico, que facilitará la comprensión de diversos aspectos y tendencias en
su producción.
El
comienzo de un nuevo siglo siempre supone una serie de cambios.
Específicamente, el siglo XX destacó por una gran diversidad de vertientes en
el campo literario. Uno de los agentes principales fue la inclusión de la mujer
en el mundo de las letras, en especial, a partir de los años cuarenta. Hasta el
momento la autoría pertenecía mayormente al género masculino. Si bien, es
cierto que las figuras femeninas no quedaban excluidas como personajes, pero
hasta dicha nueva época no ocupaban o no se reconocía su posición como
creadoras, salvo en determinadas excepciones (Sor Juana Inés de la Cruz, Santa
Teresa de Jesús, etc.).
Este
fenómeno ocurre en la etapa de posguerra, en la que España se intenta recuperar
de los horrores que esta supuso. Tanto Elena Quiroga como otras autoras
coetáneas (Ana María Matute, Carmen Laforet, etc.) inician su ejercicio
novelístico en dichos años de inestabilidad social y cultural. Pertenecen al
grupo de los «niños de la guerra», cuya infancia fue destruida por los hechos
bélicos y se vieron obligadas a madurar de forma anómala; en muchos casos,
traumática.
Sin
embargo, ya hemos mencionado cómo no todo el panorama era tan desolador, al
menos culturalmente hablando. Aquella situación de inestabilidad social se
convirtió en una prolífica fuente de inspiración para estas mujeres, que se
refugiaron en la narrativa y desarrollaron su sensibilidad estilística ante un
entorno hostil. Lograron plasmar la esperanza y el entusiasmo necesarios para
el «despertar cultural»[1],
con un doble objetivo: la recuperación tras los desastres de la guerra y el
ensalzamiento de la voz femenina. Así, se llevó a cabo una «narrativa de concienciación»[2],
en la que las escritoras evolucionaban como seres individuales y desarrollaban
su visión de la realidad plasmando sus inquietudes y pensamientos en sus obras.
Trataron temas como el hambre, la muerte, las injusticias sociales, la soledad[3]...
En
algunas ocasiones, la crítica las alabó, en otras, las infravaloró; fuere por
el motivo que fuere, no dejaron a nadie inadvertido. Al adquirir tal
protagonismo tuvieron que enfrentarse al grupo intelectual masculino
establecido, pero como afirma Shirley Mangini:
«A pesar de la
resistencia patriarcal, aquellos años en que la mujer empieza a tener voz
propia en la capital representan el momento de más importancia para la historia
de la mujer española hasta la vuelta de la democracia en 1977»[4]
Elena
Quiroga nació el 26 de octubre de 1921 en Santander. Su padre fue José Quiroga
Velarde (conde de San Martín de Quiroga), propietario de tierras en Villoria
(Orense). Su madre, Isabel Abarca Forense, murió cuando la futura novelista
contaba con tan solo dos años de edad. Este hecho la marcó de por vida y tuvo
una clara influencia en la construcción de sus personajes. Pertenecía a una
familia numerosa, pues tenía quince hermanos.
Vivió
su infancia entre Barco de Valdeorras (Galicia) y Santander (Cantabria), siendo
esta última su estancia durante los meses de verano. Pasó a residir en un
internado de Bilbao a partir de los nueve años, experiencia que también le
afecto, poniendo de relieve la actitud distante de su progenitor y su
consecuente soledad. En 1936, puso rumbo a Roma para completar sus estudios de
Bachillerato y, en 1938, volvió a Galicia, donde pasó parte de la Guerra Civil.
Estos años, que aprovechó para nutrirse de conocimiento a través de los libros
de la biblioteca familiar, su rica e inusual formación académica siendo mujer y
las enseñanzas literarias de uno de sus tíos, la prepararon para su futura
ocupación narrativa.
En
1959, contrajo matrimonio con Dalmiro de la Válgoma, historiador y amigo de la
familia. Se trasladó a Madrid, donde tuvo ocasión de entrar en contacto con los
núcleos literarios y empresas editoriales del momento. En 1983, Torrente
Ballester, Carmen Conde y Rafael Lapesa, la propusieron como candidata para
ingresar en la Real Academia Española, compitiendo contra Juan Benet.
Finalmente, Quiroga ocupó el sillón de la a minúscula el 7 de abril de 1984,
convirtiéndose en la segunda mujer en formar parte de la mencionada
institución. Siempre fue fiel a su patria gallega, aspecto perceptible en su
discurso de incorporación, que versó sobre Álvaro Cunqueiro (Presencia y ausencia de Álvaro Cunqueiro).
Elena
Quiroga falleció el 3 de octubre de 1995 en La Coruña, dejando un legado
escrito innovador y detonante para la evolución literaria de los años
posteriores.
Tras
conocer los matices del marco histórico y los sucesos que marcaron su vida,
pueden surgir ciertas preguntas: ¿Qué obras conforman su producción narrativa?
¿Cuáles son los temas predominantes en ellas? ¿Qué impacto tuvieron en la
época? Estás y otras cuestiones se tratarán en mi siguiente artículo.
Bibliografía
Galdona Pérez, R. I. (2001). Discurso femenino en la novela española de
posguerra: Carmen Laforet, Ana María Matute y Elena Quiroga. Santa Cruz de
Tenerife: Filología / 9
Pérez Bernardo, Mª Luisa. (2010). «La
novelística de Elena Quiroga (1921-1995)», Los
cántabros, 9, pp. 73-79
Pleitez, T., Lobato, E., Infantes, R.,
Ortí, P. y Méndez, S. (2004). La vida
escrita por las mujeres, II. Contando estrellas. Siglo XX. 1920-1960. Ed.
Anna Caballé. Barcelona: Lumen
[1]
Galdona Pérez, R. I.
(2001), p. 99
[2]
Galdona Pérez, R. I.
(2001), p. 99
[4]
Mangini, S. (2001), Las modernas de Madrid: las grandes
intelectuales españolas de la vanguardia, nota introductoria, citado por
Caballé, A. (2004), pp. 7-8

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