EL MUNDO DE CARLOTA O'NEILL, CONTEXTUALIZACIÓN




Para hablar de una persona, de su biografía y su obra, debemos comprender el ambiente en el que se mueve, el tiempo en el que vive, las historias que le inspiran para llevar a cabo su obra. Por ello, en esta primera entrada de presentación nos infiltraremos en la familia y la España de Carlota O’Neill.

Carlota, Virgilio, María y Loti
La familia de nuestra autora está plagada de personajes relevantes en el panorama social de la España de finales del siglo XIX y principios del siglo XX; ya no porque ella fuese una destacada colaboradora en las revistas y periódicos además de una gran escritora que comenzó su carrera en los años 20, sino porque casi todos los integrantes de su familia eran renombrados. Su padre, Enrique O’Neill, fue un importante diplomático mexicano en Europa, y su madre, Regina Lamo, fue pianista, escritora y colaboradora de Lluis Companys. Su hermana, Enriqueta O’Neill, fue también escritora y la madre de Lidia Falcón, una importante política. Su marido Virgilio Leret, fue un importante ingeniero y militar por la República y sus tíos, Carlos de Lamo Ximénez y Rosario Acuña Villanueva fueron, aparte de integrantes de la orden masónica, figuras de primera línea en la sociedad barcelonesa de preguerra. Rosario, por su cuenta, fue una de las escritoras femeninas de la Generación del 98.

En cuanto a la propia Carlota, para no desvelar demasiado de su biografía –ya que será tratada de forma extensiva en la próxima entrada–, podemos decir que formó parte de la revista cultural y progresista La libertad y la linterna y que se la circunscribe en un ámbito intelectual nombrado como la “generación de republicanas progresistas”. En este clima de lucha por los derechos de las mujeres y por el bienestar común encontramos nombres tan importantes como: Federica Montseny (12 de febrero de 1905 – 14 de enero de 1994, exiliada en Francia), política y sindicalista anarquista, escritora y la primera mujer en ocupar un cargo ministerial en España; Margarita Nelken (12 de julio de 1899 – 5 de marzo de 1968, exiliada de México), escritora, crítica de arte y política, fue representante del incipiente movimiento feminista durante la década de 1930; Regina Opiso (1879 – 1965), escritora de novelas rosas y cuentos infantiles, escribió bajo numerosísimos pseudónimos; Magda Donato (6 de febrero 1898 – 4 de noviembre de 1966, exiliada en México), periodista, dramaturga y actriz, era la hermana de Margarita Nelken; Isabel Oyarzábal (12 de junio 1878 – 20 de mayo de 1974, exiliada en México), periodista, traductora, escritora, actriz y diplomática... Además, participó en el mundo teatral que, siguiendo la línea de la Barraca de Lorca, elaboraba obras en contra del fascismo y las injusticias que se vivían en Europa y en España.

No obstante, tras la guerra, la vida de Carlota sufre un gran infortunio, ya que es encarcelada y separada de sus hijas. Su concreta experiencia la analizaremos con su obra Una mujer en la guerra de España, pero he de decir que no fue muy diferente de las situaciones que vivieron las mujeres entrevistadas en el documental Del olvido a la memoria: Presas de Franco. Todas esas mujeres del panorama social republicano, o que simplemente colaboraron con la República llevando a cabo labores de retaguardia durante la guerra como atender a los heridos en los hospitales de campaña o ejercer como maestras en las escuelas, corrieron un destino similar. En el documental encontramos como protagonistas y supervivientes a: Tomasa Cuevas (30 años de condena, creadora del documental), Trinidad Gallego (30 años de condena, enfermera en un hospital), Mª del Carmen Cuesta “la Peque” (12 años de condena, ingresa con quince años por afiliación a las juventudes socialistas), Angustias Martínez (12 años de condena por no ensalzar el régimen), Nieves Torres (pena de muerte), Julia Manzanal (pena de muerte) y Concha Carretero (pena de muerte). Todas estas valientes mujeres vieron, y sufrieron, las tropelías y abusos que los funcionarios franquistas cometían en las cárceles. Un ejemplo bastante ilustrativo que llega a poner los pelos de punta son los interrogatorios en “diligencias”, donde les rapaban el pelo, las maltrataban psicológicamente, las violaban y las apaleaban –desnudas para que doliese más– hasta que se quedaban inconscientes. Algunas confiesan, entre lágrimas, que cuando las detenían y mientras se producían los interrogatorios deseaban morir, añoraban que todo lo que les estaban haciendo terminase lo más rápido posible para poder descansar, aunque fuese para siempre.

También nos relatan cómo eran llevadas a las cárceles en espera de unos juicios injustos, sin abogados, y con testigos comprados que daban falso testimonio para lograr una condena favorable para el régimen. De esta manera, esos juicios se utilizaron muchas veces como arma para saldar rencillas vecinales o como venganza en la más inmediata posguerra. Asimismo, recuerdan el hacinamiento, la suciedad y la pobreza que sufrían en las cárceles debido al enorme número de presos y presas que se hicieron tras la guerra. Pues la cuantía de encarcelados, la mayoría republicanos, el 1 de enero de 1940 ascendía a 280000 y la de personas fusiladas al final de la posguerra se eleva a la escalofriante cifra de 150000, algunas de las cuales fueron condenadas por motivos ilógicos como sus nombres; es el caso de las hermanas Fraternidad, Igualdad y Libertad del Hierro y el hijo pequeño de una de ellas, Lenin. Además, reinaba una norma fundamental entre los funcionarios de la prisión: todo aquel que durante los turnos o en los traslados asesinase a uno de los presos recibiría a cambio un mes de permiso y trescientas pesetas de gratificación, lo que instaba a los trabajadores a deshacerse de todo aquel considerado “peligroso”. Lo más impactante es, casi sin duda, la connivencia que la Iglesia demostró con estos desalmados, ya que pudieron transformar el quinto mandamiento “no matarás” a “matarás con justicia”, dando protección a toda alma que librase al país de los impíos…

Sala de costura en la prisión
Por otra parte, los episodios de la represión carcelaria no llegan solo hasta ahí, sino que algunas presas fueron usadas como chivo expiatorio, o quizá asesinadas simplemente por venganza, tras la muerte de un general franquista que fue llevada a cabo por anarquistas. Estas jóvenes son las trece rosas, unas niñas inocentes que murieron para reforzar el clima de miedo que instauró el régimen y que, hoy día, es sabido que no pudieron cometer el crimen porque ya estaban encarceladas cuando sucedió, un hecho propio de todas las guerras, donde el bando ganador trata de imponer su fuerza y sofocar cualquier llama de rebelión. No obstante, y aunque, como hemos visto, las atrocidades fuesen muchas y muy duras, el clima entre las presas nunca fue de debilidad, sino de compañía y hermandad, trataban de darse consuelo en los peores momentos y, como muchas de las presas eran profesoras, escritoras y políticas, de enseñaban unas a otras como si de una escuela se tratase, lo que les hacía más llevaderas sus estancias en prisión. Además, se comunicaban mediante cantos y consignas para darse la tranquilidad de que seguían todas bien, pero cuando llegaba el fatídico día en el que el silencio parecía querer romper el lugar sabían que había pasado lo peor.



Bibliografía

Documental: Del olvido a la memoria. Las presas de Franco. https://www.youtube.com/watch?reload=9&v=-4f5OkQAVpk
CRUZ GONZÁLEZ, Antonio, "Carlota y Virgilio, dos republicanos. 2: Carlota", El viejo topo, 20 de enero de 2015. Consultado: 16/4/2019.

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