ANA MARÍA MATUTE, UNA ESCRITORA PROLÍFICA
ANA
MARÍA MATUTE, UNA ESCRITORA PROLÍFICA
Como adelantaba en la entrada anterior,
Ana María Matute fue una autora muy prolífica. Los años de máxima producción
abarcan las décadas de los 50 y los 60, a lo largo de las cuales podemos apreciar
una importante evolución. Tal y como señala Alicia Redondo Goicoechea, conviene
seleccionar algunas obras concretas de la novelista pertenecientes a las
distintas etapas de su escritura:
«A la etapa inicial pertenece Fiesta al Noroeste, publicada en 1953; al período intermedio del
proceso, Los hijos muertos de 1958,
y, sobre todo, Primera memoria de
1960, y, a la etapa final, la colección de cuentos Algunos muchachos de 1968»[1].
Las obras de nuestra autora superan
la decena de libros y la treintena de relatos cortos, por lo que es imposible
abarcar y profundizar en todas ellas. Por eso, he decidido investigar un poco
acerca de las cuatro mencionadas para, más adelante, hacer un análisis
exhaustivo de El río, abordando
muchos de los temas, motivos e inquietudes que más inspiraron su narrativa. Fiesta al Noroeste (1953) es su tercera
obra, a la que preceden Pequeño teatro
y Los Abel. Con ella ganó el premio Café Gijón. Se trata de una novela corta
ambientada en el ficticio espacio de Artámila Baja, que la crítica ha
equiparado con Mansilla.
«La referencia a ese medio rural de la Artámila
constituye un factor fundamental que hace posible la exitosa fabulación del
mundo novelesco de la autora, y es también un medio eficaz para expresar los
temas novelescos, sobre todo, los propios de la infancia»[2].
Esta
novela, al igual que El río, revela
esa conexión de Ana María Matute con el mundo natural. Además, establece de
forma sistemática una relación entre el entorno rural y la infancia:
«La
conexión con la naturaleza, como una de las características más importantes del
medio rural, posibilita entonces toda esa serie de actividades psicológicas que
conlleva el peculiar mundo infantil, creando así una apropiada entidad espacial
capaz de transmitir mensajes de complejidad y profundidad. Pero al mismo
tiempo, el espacio narrativo también es idóneo para la realización de diversos
niveles argumentales yuxtapuestos, ya que el bosque es el medio por el que se
suele llevar a cabo la convergencia y transgresión del mundo real y el
fantástico a través de la experiencia de los personajes infantiles»[3].
En este caso, el espacio de la obra
constituye un pueblo opresivo en el que impera «la miseria moral y el hambre»[4],
elementos que acabarán agotando las esperanzas de sus personajes, símbolos de
la degradación y víctimas de la miseria.
La segunda obra que merece atención
es Los hijos muertos (1958), con la
que la autora recibió el premio de La
Crítica y el Nacional de Literatura.
En contraposición con Fiesta al Noroeste,
esta es una novela mucho más densa que representa:
«un
retrato global de los años de la guerra y la primera posguerra, ejemplificados
a través de los avatares de los tres protagonistas. Sus vidas frustradas y sus
hijos muertos son el vehículo a través del cual la autora expresa el dolor y la
pérdida que la guerra supuso para los españoles de ambos bandos»[5].
Sin embargo, comparte con la
anterior dos aspectos. Por un lado, está ambientada, de nuevo, en un entorno
rural ficticio (Hegroz) cuyo destino – acabar inundado por un pantano – remite
sin duda al pueblo riojano de descanso de la autora. Por otra parte, la novela
es apabullantemente triste. Se muestra un mundo lleno de mezquindad, donde el
bien sucumbe ante la inmoralidad, el caciquismo y el pesimismo de los
personajes. Respecto a los aspectos formales, Ana María Matute juega con el
tiempo narrativo. Así, establece dos planos: el tiempo del presente se
manifiesta gráficamente con letra redonda, mientras que las alusiones al pasado
aparecen en cursiva. Esta segmentación temporal le permite también alternar
las voces. El narrador es el portavoz principal de los sucesos presentes,
dejando el relato de los acontecimientos y las anécdotas pasadas a los
protagonistas. Esta obra ha de entenderse también como el enfrentamiento entre
dos facciones: Daniel Corvo, representante del bando republicano, y Diego
Herrera, soldado en las tropas franquistas. Sin embargo, esta dualidad no
genera más que tragedia y horror, lo que convirtió a Ana María Matute en una
escritora crítica, que presentó la guerra como una atrocidad inmoral y negativa
para vencedores y vencidos[6].
En la próxima entrada completaremos
la producción literaria de nuestra autora con el comentario de Primera memoria y Algunos muchachos. De esta forma llegaremos a la década de los 70,
cuando su pluma parece agotarse. No obstante, renacerá más adelante para
emocionar a sus lectores con una nueva joya, Olvidado rey Gudú (1996).
¡Saludos y que la literatura os
acompañe!
Claudia
Cerrajería Jiménez
BIBLIOGRAFÍA:
·
Redondo Goicoechea, A. (2000). “La
narrativa de Ana María Matute”. En Villalba Álvarez, M. (Coor.), Mujeres novelistas en el panorama literario
del siglo XX. Cuenca: Universidad de Castilla-La Mancha
·
Xiaojie, C. (2012). La infancia en la obra de Ana María Matute (tesis doctoral).
Universidad de Salamanca, Salamanca
[1]
Redondo Goicoechea, A. (2000). “La narrativa de Ana María Matute”. En Villalba
Álvarez, M. (Coor.), Mujeres novelistas
en el panorama literario del siglo XX. Cuenca: Universidad de Castilla-La
Mancha, p.53
[2] Xiaojie,
C. (2012). La infancia en la obra de Ana
María Matute (tesis doctoral). Universidad de Salamanca, Salamanca, p. 294
[3]
Xiaojie, C. (2012), p. 295
[4]
Redondo Goicoechea, A. (2000), p. 55
[5]
Redondo Goicoechea, A. (2000), p. 56
[6]
Redondo Goicoechea, A. (2000), pp. 56-57
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